lunes, 7 de octubre de 2013
La escapada
Conseguí despistar a los militares que custudiaban la entrada, cogí el coche de los padres de Pedro y pise el acelerador. Había estado durante las dos últimas horas conduciendo hacia ninguna parte con la única intención de escapar de allí. Frené en seco y me paré a observar ya en la distancia como el humo y el fuego se destacaban sobre la noche bajo la mirada condescendiente de los astros.
Haber militado en el partido era una garantía segura de muerte. Pese a que mi tío intentó por todos los medios mover a sus contactos con la aristocracia para lograr la absolución, fue en vano. Llegaron a casa de madrugada y le sacaron a la calle, mi madre se resistió y la pegaron un tiro en la cabeza. Aquello era la guerra y en ésta nadie hacía rehenes. Cuando volví de clase mi amigo Pedro me contó lo que había pasado. Pensé que jamás volvería a pisar aquella casa.
Estaba completamente perdido y sin rumbo, todo lo que había sido hasta ese momento no valía de nada. Mi casa había sido atacada, mis padres asesinados. Ya ni siquiera existía nada excepto la ropa que llevaba puesta, una pequeña libreta telefónica y un bolígrafo y 300 pesetas.
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